Abril de 2013

La marcha del martes pasado por la paz, las víctimas, la defensa de lo público y las otras 10 cosas más que le adjudicaron, dejó algo muy en claro: El Presidente se la va a jugar hasta el final por el proceso de paz. Fue aquella la prueba reina que necesitábamos para convencernos de que colocará toda la carne en el asador y esperará, con la fe de las ancianas que le encienden veladoras a sus estampitas de mártires, que el resultado de este experimento funcione y no explote en un cataclismo caguanístico que pastranice sus posibilidades de reelegirse.

Una vez se han destapado las cartas sólo nos queda en el aire una pregunta importantísima que cada colombiano debe responder: ¿Qué está dispuesto a ceder por conseguir la paz? Porque a pesar de todos los golpes desmoralizadores que ha sufrido la guerrilla, en esta negociación no se está dando por vencida y va a vender cara su salida del monte. Están buscando un buen arreglo, uno no tan lucrativo como el narcotráfico, pero mucho más atractivo que dormir a la intemperie entre el ritmo sórdido de las balas. Por ello la oferta que les debe tener lista el Gobierno ha de ser algo supremamente tentador, tanto como para acallar sus rifles y ahí es donde radica mi preocupación.

Mucho se ha hablado de un acuerdo sobre tierras, participación política, reconocimiento de víctimas y otros puntos vitales de la agenda en La Habana, pero nadie ha dicho algo sobre cómo van a pagar los cabecillas por su largo prontuario de delitos. Un hermetismo total que despierta suspicacias ¿Irán Timochenko, Pablo Catatumbo o Iván Márquez a la cárcel? Yo no los veo con ganas de estar ni un minuto en la Picota, juzguen ustedes.

Toda esta evidencia recolectada nos arroja un leve tufillo a impunidad sobreviniente y nos amenaza con el fantasma de una ley de punto final que desembocaría en la firma de un acuerdo, pero no en la paz definitiva. No sé cuál es la estrategia que tiene entre manos el Gobierno, ni cómo solucionará esta indecisión jurídica respecto de los comandantes, pero si no mueve sus ases con cuidado puede terminar metiendo a Colombia en líos judiciales, incluso con tribunales internacionales.

¿Hasta dónde llegaría usted amigo lector por alcanzar la paz de una vez por todas? La decisión se mece entre meterlos presos, verlos por la calle libres o cualquier punto medio entre éstas alternativas, piénselo. Porque peor que la guerra misma es una paz mal hecha, pues podría convertirse en el detonante silencioso del próximo conflicto.

Obiter Dictum: Lo único bueno, entre todo lo malo, que tienen las vallas de Francisco Santos, donde ataca mordazmente el proceso de paz, es que le pone picante a una campaña que ya debería estar entrando en calor hace rato, pero que por el momento pinta muy aburrida y predecible. Por lo visto, Pacho dejará de jugar Xbox por un rato y se pondrá a hacer política en serio. Primo contra primo, hagan sus apuestas, señores.

fuad.chacon@outlook.com

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